COVID19: Mi oración desconcertada ante el ‘coronavirus’ - Joaquín Tapia

Junto a ti, Señor, y en tu presencia no quiero otra cosa hoy que escucharte en tu silencio. Pero quiero que, en ese tu silencio peculiar, Tú también, mi Dios, me oigas. Yo no he elegido creer en ti. Fuiste Tú quien te me regalaste la fe colocándome a tu lado. Me pusiste, en efecto, a tu vera. Entiende, pues, Señor mío, que yo también quiera dejarme reflejar en el ‘grito angustioso’ que resuena en mis adentros especialmente desde tu silencio mortal del Viernes Santo. Este es hoy mi desconcierto en lo que a ‘razonar’ se refiere. Por eso mismo, he aquí algunos pensamientos más que me siguen brotando a borbotones en relación con nuestro tema de hoy. De esta Semana Santa que hemos de celebrar en nuestros templos cerrados, en nuestras casas de reclusión. Y en nuestra conciencia religiosa parece que más que nunca adormecida.

Exponer el aspecto meramente bíblico de esta palabra de Dios1 me parece un primer punto de partida difícil, pero indispensable. Porque eso, Señor, requiere hoy haya mayor lucidez mental de la que ahora mismo uno puede alcanzar. Pero no se me permite esperar ni unos cuantos días más. Creo que todo va a ir viniendo tan rápido y tan oscuro… Constato que se ha producido ‘un desplazamiento de Dios fuera del mundo, fuera del ámbito de lo público que le es imprescindible a la existencia humana’. Este desplazamiento ha conducido al intento por parte de algunos (y quizás esa sea hasta mi propia situación) de conservar al Señor al menos en el ámbito de lo íntimo, aunque sólo sea de lo meramente privado. Y como, a pesar de todo, siempre cada hombre conserva a Dios en algún lugar de su esfera privada, allí hemos pensado que es más fácilmente defendible frente a los ataques que llamamos blasfemos.

En el ámbito de lo íntimo, bien desde la oración emocional, o bien desde los impulsos, o bien desde los sentimientos, o bien desde la sexualidad propia, equívoca y equivocada, pero nunca madurada… rezar a Dios se convierte en una especie de coto de caza cerrado para con nuestros acompañamientos espirituales y pastorales post-modernos. Esos métodos pastorales en los que no se sabe si se trata del Espíritu Santo, o del cuerpo consolado, o del alma desviada… pero que para algo valen (decimos) siempre que tales ofertas y acompañamientos nos dejen tranquilos y serenos. ¿Para que seguir pensando en transformar el mundo? Decimos que bastante es que queramos quedar en paz con esa ‘espiritualidad’. Pese a que nuestra intención es muy distinta, nos parecemos en esto a los peores periodistas de lo ‘rosa’ que sólo saben dar publicidad a las intimidades de los personajes famosos. De ese modo siempre se puede chantajear a los hombres de hoy (agnósticos y ateos por fuera, pero indefinidos por dentro) desde un punto de vista único e insoportable. Así hoy aparece cuanto a la fe públicamente confesada como si nos refiriésemos a una especie de chantaje religioso. O a una vuelta a pasados ‘misticoides’ ya superados.

Sé que de esto (o de algo parecido) habló ya Bonhoeffer hace muchos años en circunstancias también inesperadas e inesperables para su pueblo alemán con motivo del trágico advenimiento y la terrible imposición del nazismo. Un fenómeno político que parecía por nadie querido, pero por todos consentido. Por eso mismo, estos días me estoy repasando las páginas de este teólogo alemán. Suenan como páginas divertidas, aunque maldita sea su gracia. La enfermedad nos amenaza como un ‘tsunami’; nos ha inundado y desbordado a pesar de todos nuestros cálculos más o menos ‘logarítmicos’.

Desde el punto de vista sociológico, lo que ha llegado con este ‘tsunami’ se trata como de una revolución ‘popular’ desde abajo, pero es una insurrección de la mediocridad. Frente a una persona de alto rango (bien merecido se lo tienen, por cierto, ‘los políticos’), los espíritus mezquinos sólo nos tranquilizamos cuando nos imaginamos a esa persona ‘en el baño’ o en otras situaciones capciosas; es decir, afectados por su correspondiente ‘dosis y receta de coronavirus’. A esto parece que estamos reduciendo el ámbito religioso hoy y en estos momentos. Constituye una especie de satisfacción malsana saber que cada cual tienen sus debilidades y flaquezas. Y que todo se arregla con una súplica o una consagración más o menos adecuada según la liturgia.

En mis contactos con los más marginados de la sociedad, siempre me ha sorprendido que la desconfianza sea para ellos invariablemente el motivo determinante de todos sus juicios sobre los demás. Ya de entrada, a esos ‘indigentes de salón’ les parece sospechoso cualquier acto –incluso el más gratuito– que realiza un hombre de prestigio. Por otra parte, estos religiosi homines existen en todas las clases sociales. En el jardín más hermoso sólo buscan el estiércol en el que crecen las flores. Cuanto mayor sea el desarraigo en que viva una persona, más propensa estará a caer en semejante óptica de la religión como pura solución del mal. Los eclesiásticos encontramos esa misma actitud, que llamamos clerical: ir husmeando los pecados de los hombres para poderlos atrapar. Es como si sólo llegásemos a conocer una hermosa mansión cuando le descubrimos las telarañas de su último sótano. Ya de entrada se considera un engaño, una ficción y una impureza todo cuanto es vestido, cubierto, puro y casto: pero con ello sólo se pone de manifiesto la propia impureza. La desconfianza y la suspicacia como actitud básica ante los hombres en plenitud de secularidad creados constituye la rebelión de los mediocres. El error es terrible. Se cree que sólo se puede tratar a una persona de pecadora después de haber espiado hasta el fondo sus flaquezas o sus bajezas. En segundo lugar, se cree que la esencia del hombre radica en su trasfondo más íntimo y personal; y a eso lo llamamos la ‘interioridad espiritual’.

¡Y precisamente en esos secretos humanos es donde se quiere ver el dominio de Dios! Pero Dios no puede ser introducido de contrabando en cualquier lugar secreto, el más recóndito, sino que se le ha de reconocer simplemente en el carácter adulto, laico, libre y responsable, del mundo y del hombre. No se puede ‘desacreditar’ al hombre por su mundanidad, ni por su secularidad, ni por su conciencia de libertad responsable, sino que la fe nos confronta con Dios por su lado más fuerte. Seguimos siendo señores de la creación que prosiguen la obra divina en la fidelidad a quien a todo lo creó como algo bueno.

La pregunta es sólo una: ¿cómo puede ser Dios el Señor no tanto de los indigentes religiosos de salón, sino también de los pobres de verdad, que libres y responsables viven y mueren por los demás?

Hoy (26/III/20) hemos leído estas lecturas: 1.- Ex 32,7-14: “En aquellos días, el Señor dijo a Moisés: Anda, baja de la montaña, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un becerro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: Este es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto. Y el Señor añadió a Moisés: Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo. Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios: ¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto, con gran poder y mano robusta? ¿Por qué han de decir los egipcios: Con mala intención los sacó, para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra? Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre. Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.” 2.- Jn 5,31-47): En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. Hay otro que da testimonio de mí, y sé que es verdadero el testimonio que da de mí. Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio en favor de la verdad. No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para que vosotros os salvéis. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz. Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su rostro, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no lo creéis. Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida! No recibo gloria de los hombres; además, os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ese sí lo recibiréis. ¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».