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Para contemplar con el corazón – Francisco Cano

Trinidad 2021 B Mt 28,16-20

El misterio del mundo y del hombre se “explicitan” en el misterio del Dios cristiano. Nos sentimos unidos a nuestra fuente y origen.

Dejamos un hueco a Dios Padre, amoroso, creador. Afirmamos que el hombre es un misterio para sí mismo desde el momento en que tomamos conciencia de la evolución que nos ha precedido hasta llegar a ser lo que somos: polvo de estrellas. Quien ideó todo esto, lo hizo con creatividad desbordante. ¿Qué es lo que llevó a poner en marcha un salto evolutivo tan asombroso, con tanta inteligencia, sensibilidad y creatividad, con infinito amor, para llegar a ser lo que somos? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? La ciencia nos muestra que la vida fue haciéndose cada vez más compleja, biodiversa, preciosa y emocionante. La fe nos dice que Dios siguió enviando su Espíritu y renovando la faz de la tierra. Y hace apenas ocho millones de años, antes de que esta historia pudiera ser contada, descubrimos los primeros homínidos sobre la Tierra: los primeros seres que, además de capacidad de ternura y afecto, empiezan a ser conscientes; los primeros seres que levantan sus ojos al cielo y descubren la capacidad de admiración (Cf. J. Izaguirre).

Todo se hizo para el gozo y disfrute del hombre, hasta que, hace apenas doscientos o trescientos mil años, aparece sobre la tierra una especie humana, llamada homo sapiens/demens -el ser humano sabio y necio-, nuestra especie, la única que es capaz de asombrarse, reverenciar y pronunciar con los labios, como san Francisco de Asís, “¡Loado seas, mi Señor!”. Francisco nos muestra cuál es el Dios que ha descubierto: somos tierra que siente, humus humilis, que canta, que ama. Amamos la tierra, se hace amorosa, somos tierra que siente. Nosotros llevamos tan solo unos doscientos mil años: han sido necesarios cinco mil millones de años para que aparecieran en la tierra unos seres inteligentes y libres, sensibles, capaces de contar esta historia.

Dejamos un hueco a Cristo sanador, manifestación del amor de Dios. Aquí estamos con esta historia de miles de millones de años, hasta que se nos hace presente en el planeta Tierra Jesús de Nazaret, un hombre que dice que es Dios, y nos revela que Él es el primogénito de toda la creación, pues por Él fue creado todo. “Antes de que fuera creado todo, él existe y todo ha sido creado por él y para él, él es anterior a todo” (Col 1,15), y nos manifiesta su misericordia entrañable. No es una doctrina, sino una persona que nos ha revelado el misterio de Dios Padre, para que tengamos vida, y en abundancia, y nos ha donado su Espíritu, que vive entre nosotros, fuerza de Dios. Este Dios no sólo revela el misterio de Dios, sino del hombre, dejándonos iluminar en la vida concreta, desde la fe en el Dios Trinitario, que es misterio de amor y de comunión entre personas que no se reservan nada para sí, donación de sí mismo. ¿Quién entiende esto? El que entra en la profundidad de su ser.

Dejemos un hueco al Espíritu, energía vital, dynamis, dinamita de Dios, poder de Dios (Hch 1,8). Recordemos lo que vamos aprendiendo de la formación del cosmos: energía condensada y en relación que constituye la materia. Esta materia que, junto con la energía, da lugar al fenómeno asombroso de la vida, hasta el punto de dar lugar a la aparición de conciencia y la capacidad de autodonación consciente, lo que llamamos amor. Este misterio del hombre y el misterio de Dios revelado en Jesús se iluminan mutuamente.

Descendamos a la realidad. Confesamos que Dios es Padre, y constatamos que es el gran ausente de este “mundo sin Dios”, pero este Dios “ausente” se nos hace “presente” como Palabra que nos llama a reconocerlo en todos aquellos que necesitan amor, principalmente en las víctimas. Desconocido, ante el que es mejor callar, pero reconocible en los pobres, en los enfermos; ellos son los protagonistas de los evangelios. En ellos Dios se convierte en una voz más que en una imagen. Voz que grita “libertad, fraternidad, igualdad”. Es un grito cristiano, porque cuando Dios se da al hombre como Padre, revelado en el Hijo Jesucristo, el primer resultado de esta donación es la igualdad entre los seres humanos; la igualdad es la más teológica y la más cristiana de todas las pretensiones humanas, porque la razón no basta para fundamentarla. Desde la fe en el Dios Trinidad, el sentido de la revolución es la dignidad de los hijos de Dios, de la que brota la libertad como su contenido.

Esta libertad de hijos exige fraternidad, y la fraternidad reclama igualdad. Esta fraternidad se extiende en el don del Espíritu, que es siempre unidad de lo más plural, respeto a todas las diversidades, sin que esto las convierta en desigualdades. La negación del Dios de Jesús es la estructura económica actual: el dios-dinero, que reduce al ser humano a consumista, individualista y falsamente globalizado.

Buscamos la unidad: Dios es uno. Deseamos pluralidad, comunidad: Dios es comunidad. Necesitamos comunicación: Dios es comunicación. Buscamos amor: Dios es amor. Buscamos fraternidad y solidaridad: Dios nos ha hecho hijos en el Hijo y responsables los unos de los otros en mutua relación, convivencia, donación y entrega. Así nos ha revelado Jesús que es el Dios creador, a cuya imagen y semejanza hemos sido hechos. No hemos creado a Dios, Dios nos ha creado a su imagen.

Y esta no es la última palabra sobre Dios, hay más: la revelación de Dios en el Hijo crucificado no sólo es un acontecimiento que se encuentra más allá de los deseos y fantasías humanas, sino, y sobre todo, un dato que rompe todas las expectativas posibles, que está en las antípodas de todo lo razonable: Dios resucitó a Jesús y se reveló así como el que llama a la plenitud y allí nos donó su Espíritu.

El Dios revelado en Jesús cuenta con nosotros, que nos ha confiado este maravilloso planeta para que lo cuidemos, para que pueda seguir avanzando hacia el punto Omega, que es Cristo. Bajemos a nuestra Galilea personal, a nuestra vida cotidiana, llamados a ser testigos. Ahí encontraremos el apoyo de Dios Padre, de su Hijo y del Espíritu. Nos fiamos de Jesús y nos entregamos con todas nuestras fuerzas a la misión. Creer en la Trinidad es confiar.

Confesar que Dios es Padre, Hijo, y Espíritu no es tener un enigma en la cabeza, sino una vida en el corazón. Dios no se limita a enviarnos comunicados desde lo alto, Jesús no dio ninguna clase teórica sobre Dios, la explicación y raíz última de todo cuanto existe no es una soledad absoluta, sino una Comunión. Dios, siendo uno, es a la vez comunidad, relación y comunicación: familia, misericordia entrañable.

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