Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Conferencia de Antonio Calvo

Como muy bien dice Irene Vallejo, la literatura consiste en hacer ejercicios de caligrafía sobre la piel, los libros son cuerpos habitados por las palabras, pensamientos tatuados en la piel: “Nuestra piel es una gran página en blanco; el cuerpo, un libro. El tiempo va escribiendo poco a poco su historia en las caras, en los brazos, en los vientres, en los sexos, en las piernas. Recién llegados al mundo nos imprimen en la tripa una gran ‘O’, el ombligo. Después, van apareciendo lentamente otras letras. Las líneas de la mano. Las pecas, como puntos y aparte. Las tachaduras que dejan los médicos cuando abren la carne y luego la cosen. Con el paso de los años, las cicatrices, las arrugas, las manchas y las ramificaciones varicosas trazan las sílabas que relatan una vida. Yo también he encontrado gentes cuyas caras parecen arcilla incisa por la pena. Pero no sólo el tiempo escribe en la piel. Algunas personas se hacen tatuar frases y dibujos para adornarse como pergaminos iluminados. Nunca lo he hecho y, sin embargo, comprendo esa pulsión por dejar huella, colorear y convertir en texto el propio cuerpo”1.

Algunos datos significativos que manejo respecto a España son devastadores:

El 43 % de los millennials cree que no cobrará ninguna pensión de jubilación nunca. El 79 % se encuentra apanicado por su miedo al coronavirus. El 97% necesita hablar diariamente por teléfono para calmar la ansiedad. El 48% de los sancionados por la policía de tráfico conducía bajo los efectos del alcohol o de las otras drogas. El 82% de los alumnos de secundaria odian estudiar porque no ven sentido a lo que aprenden. Añado a estos porcentajes otro aterrador: el 80% de los niños y jóvenes africanos que viven en EEUU han sido abandonados por sus padres, o no han llegado a conocerlos.

Rayando con la picaresca, en los centros universitarios medievales hacían su agosto sopistas y capigorrones, truhanes y menguadores, alquilones y sisadores, alcahuetas y soplonas, barraganas y acomodadores de lechos que acallaban ciertas necesidades de la población estudiantil. En los Carmina Burana, igual que en la poesía trovadoresca, aparece tipificado el estudiante de la Baja Edad media como jugador, pendenciero, amante del vino y de las mujeres, pedigüeño, mendicante y vagamundos, burlón y desacralizador, afecto a los lances de honor y a los desafíos. Esto se comprende mejor si tenemos en cuenta que en la universidad medieval no existía un sistema de evaluación periódica o anual de los cursos, ya que con la sola asistencia, puntualmente vigilada y anotada por los bedeles, se “cursaba” hasta el examen de grado de bachiller, maestro, licenciado, o doctor. No tan lejos de lo que hoy se estila, algo que certifico notarialmente después de tantos años de docencia.

El punto de partida de nuestra vida, aunque parezca raro, es que nos duelen, y mucho, los que no tienen a nadie a quien doler. Y, porque la prueba del dolor sólo es el amor, y el amor pide hacer por el otro, el principio de identidad del yo es el sufrimiento del tú, razón por la cual quien sufre tiene prioridad para nosotros. Nuestra dignidad es la alteropatía, que se manifiesta entregando nuestro tiempo y nuestro dinero a quienes siempre padecen años de vacas flacas, plagas y catástrofes. No proclamamos nuestro compromiso con la rimbombante y narcisista “opción preferencial por los pobres”, pues ella sería un lujo en comparación con la no-opción de aquellos cuya única posibilidad es la permanecer en el sucio albañal. No quisiéramos olvidar que los pobres nos enriquecen humanamente, sin lo cual tampoco saldríamos del engreimiento característico de los redentores low cost. Los pobres de la tierra son nuestros maestros sencillamente porque sufren, no porque sean nuestros héroes.

Venid benditos de mi Padre…, porque tuve hambre, sed, fui forastero, estuve desnudo, enfermo, en la cárcel, y os implicasteis. ¿De verdad? ¿Qué has hecho hoy por la presencia encarnada de Jesús? A sus seguidores se les exige la atención a estos pequeños, queridos por Jesús, porque son como él mismo.

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