Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Queridas amigas y amigos: Saludos cariñosos. El tipo de persona cristiana que dibuja esta parábola es distinto del que ha predominado mayoritariamente en el cristianismo. Durante siglos, el objetivo fue salvarse, o más concretamente, salvar el alma. Después y actualmente, santificarse, ser santo, que es parecido al anterior, solo que con mayores aspiraciones... Supuestos grandes santos han pretendido ser santos, una postura egocéntrica. Y ¿qué quiere este pasaje? Que produzcamos mucho para el Reino de Dios.

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1. Un nosotros no es un sumatorio de yoes. El sumatorio yo+yo+yo+yo+yo = yosotros, pero no = nosotros. En el yosotros no hay mundo compartido, sino micromundos separados.

No es primero el yo y luego el tú. Tampoco es primero el tú y luego el yo. Al nacer, soy nacido en medio de otras personas nacidas. Si nadie hubiera llegado a nacer, tampoco el mundo existiría. El mundo es una comunidad difusa. A veces también, cada persona es una totalidad confusa. Pero, mientras seamos, seremos seres-en-el-mundo-y-con-las-cosas, velis nolis. La enfermedad es contagiosa. La salud también lo es.

La neutralidad es imposible. Pero, tomar partido no quiere decir, de ninguna manera, que haya que integrarse en un partido. Hay opciones que debemos adoptar los seres humanos, por serlo y para poder serlo cabalmente. Nos va la vida en ellas. “Un hombre no alcanza su madurez hasta que no adopta fidelidades que valen más que su propia vida”, decía Mounier. ¿Qué fidelidades son éstas? La primera la opción por la verdad y, en concreto, por creer en la verdad del amor. Con la misma importancia la opción por hacer siempre y a todos todo el bien posible.

33. T. O. 2020 Mt 25,14-30

Ausencia de Dios: se fue de su vista y sin avisar. “Al cabo de mucho tiempo, vuelve”. Se fue y nos dejó todo, y nos dejó “solos”, pero volverá. En el “mientras tanto” ha dejado todo cuanto “tenía” en nuestras manos: “les dejó al cargo de sus bienes, y repartió talentos a cada uno según su capacidad”. Así que toma los bienes que has recibido, hazlos fecundos. Sin fecundidad en el amor, no hay vida.

Cada vez que veo esas colas enormes en las calles de Madrid para comprar la lotería en la expendiduría de Doña Manolita me entran ataques controlados de madrileñofobia, teniendo en cuenta que el juego de la lotería se me antoja el impuesto sobre los débiles mentales, cada uno de los cuales espera le toque un pellizco sustancioso del premio anhelado. Todos dicen que quieren “tapar un agujero” con la ganancia soñada, pero ¿qué agujero?, ¿qué es lo que tienen tan agujereado? Como si el agujero fuese la mancha de la mora, que con otro más grande se tapa, estas estrellas enanas con bocas gigantescas más grandes que los siete infiernos budistas piensan salir adelante después de haber dado marcha atrás, lo que les define como cangrejos no demasiado evolucionados.

Cuando me creía ser más de lo que soy, pensaba que mis soliloquios estaban hechos del néctar de los dioses, pero según voy madurando comprendo que un soliloquio es una tontería ahorrada a los demás, de modo que a ver si un día de estos maduro del todo y dejo de escribir. Afortunadamente voy entendiendo poco a poco que los razonamientos son esas tazas, una de cuyas asas se puede agarrar por la derecha y la otra por la izquierda, sin necesidad de que la mano derecha o la izquierda tomen siempre obligadamente el mismo asa. Cuando yo era pequeño hablaba como un pequeño.

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