Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

El Mahabharata, el mayor poema de la India, consta de cien mil versos dobles o slocas divididas en dieciocho partes o libros, equivalente a ocho veces la Ilíada y la Odisea juntas, una pequeñez si se compara con todos mis libros, encuadernados con tela barata (véase su proximidad con el Mahabharata) y sedentes frente a mi escritorio en el humilde despacho en que despacho mi vida. Un día de estos me encaramo a la escalera y con la cinta métrica enrollada a mi cabeza calculo el número de veces en que mis (s)obras completas aventajan al Mahabharata, el cual, y por compensación, eleva a la enésima potencia la cantidad de batallas y la brutalidad bélica con la que afortunadamente no se pueden comparar mis escritos, los cuales únicamente disparan salvas de fogueo verbal a veces crueles. En cualquier caso, la última profesión que yo hubiera elegido fuere la de las armas, y no estoy tan seguro de no preferir la muerte antes que quitar la vida a otros con ellas. Al fin y al cabo, la sustancia gris de la guerra es hoy el turbio petróleo, para cuya extracción se precisa fuego, para cuya distribución fuego, y para cuyo consumo fuego.

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