Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

“Cada vez me parece más petulante, más necia, más transitoria y más vana eso que llaman civilización moderna, debo tener espíritu medieval y de ello me felicito. A la ciencia le voy cobrando asco. Lo digo y lo repito, el progreso es un mal necesario; ¡me cago en el vapor, en la electricidad y en los sueros inyectados!”. Esto escribe don Miguel al médico salmantino Hipólito Rodríguez Pinilla, catedrático de la Universidad de Salamanca, que trató la enfermedad de Raimundín, el hijo de Unamuno fallecido por meningitis en 1902. En ese momento, Unamuno cuenta con 38 años y es ya rector de la Universidad salmantina. Las cartas, de trazo vigoroso, desparramado, con membrete de la rectoría, descansan en la Casa de Unamuno donadas en 2009 por la viuda del catedrático de Filología Clásica Millán Bravo Lozano, que tuvo sus escarceos políticos en el fallido partido leonés Pancal. La fortuna, incomprensible siempre para mí, quiso que yo conociese esta carta de don Miguel mucho antes, cuando Millán Bravo se sirvió de la citada frase ¡me cago en el vapor, en la electricidad y en los sueros inyectados! para ilustrar un libro que él mismo me publicó en su Editorial Silos, de Valladolid, Teología para escolares (Tercero de BUP). Madrid, 1977, 247 pp), que hacía el número treinta de los hasta entonces por mi traídos al mundo.

Escribe don Luis María Ansón estas palabras: “Una nación tan madura, tan transparente democráticamente, tan llena de prestigio por su forma de respetar los derechos humanos, ha tenido al frente durante los últimos cuatro años a un hombre que ha suscitado de forma especial entre los intelectuales más serios un completo rechazo. La gente de relieve está por la moderación, por el sentido de la concordia y por la conciliación. Esperemos pues, con impaciencia, pero también con sosiego, la decisión que tome el sabio pueblo norteamericano, sin olvidar, y este factor de especial interés, que China está al acecho”.

Un conocido amigo, buen darwinista, tiene un mono al que denomina Adán. Supongo que tendrá también a la mona Eva para redondear la jugada. Algo debe de estar fallando estrepitosamente entre los enemigos de la evolución de las especies, pues ¿cómo podrían explicarme de forma convincente que yo haya logrado escribir cosas tan monas como la que sigue ahora, si no descendiera del filum antropomonoide? Imposible, tan imposible que en ocasiones llego a pensar: quien escribe con tan gran modestia como elegancia, con tanta lubricación de ideas, no lo escribe mi yo doctoral, sino el mono que hay en mí. Aunque a veces tiendo a pensar lo contrario, o sea, que no es el mono, sino el hombre que hay en mí quien escribe de forma tan excelente. La rivalidad crece en crueldad entre mi homo sapiens y mi mono sapiens, neoencéfalo contra arquiencéfalo, y, por más que me mire la fontanela, no doy con la cresta reptiliana que dicen separa ambos hemisferios cerebrales. ¿Me iré de este mundo sin saber si soy más hombre que mono, o más hombre que mono, o una subespecie malograda? Se admiten apuestas.

"Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite"

32. T. O. 2020 Mt 25,1-13

Les entró el sueño y todas se durmieron; se despertaron, pero las necias llegaron tarde y se cerró la puerta. Como Mateo, también nosotros tenemos que sacudir a la audiencia para que viva la tensión por el Reino. El tiempo, la vida, se nos escapa, y al final nos encontramos que hemos vivido entretenidos, pero no comprometidos. Ante la oferta del Reino nos encontramos con quien está muy bien encerrado en su cuerpo (narcisismo), gozándose en él, se instala en su cuerpo y, absolutizando el presente, niega la muerte con su olvido u ocultación, (hoy parece que es difícil mantenerse en esta situación); también tenemos al cínico que no espera nada del futuro, degusta el presente hasta el final porque “no hay más que esto”. Así que no hay salida, no hay esperanza: fatalismo. Estos no aman el ser más allá de la apariencia, ni la realidad más allá de la duración.

Querido neocatolaico excatólico: Me encanta que vayas progresando en urbanidad, y que tengas tu toque verde, tu compasión para con los animales, tu amor a tu perro y a tu perra, la parejita, que hagas ganado en degustación, que tus papilas gustativas reciban el homenaje que mereces, que dignifiques a la mujer, y que seas un demócrata bien centrado que incluso chapurrea el inglés. Que hagas bodas y comuniones por lo civil, al fin y al cabo a nadie debería molestar. Que te endeudes comprando a plazos cosas que no necesitas para impresionar a gentes que no te aprecian es tu problema, con tu pan te lo comes.

El norteamericano de Ohio Ambrose Bierce escribió a sus sesenta años un famoso Diccionario del diablo1, en ninguna de cuyas 170 páginas aparece la voz diablo, pues lo propio del diablo, según nos enseñó Jean Luc Marion, es no dar la cara él mismo, aparecer mudo, a fin de que nosotros seamos los ventrílocuos de sus alaridos, su caja de resonancia, para lo cual basta con que cada uno acuse a su prójimo, al que está más cercano. Así satanizadas nuestras bocas inmundas, cagándonos todos en todos, es como triunfa lo diabólico, adjetivo del verbo diaballo -que significa desunir-, y por eso mismo antítesis del símbolo, cuyo significado es el de unir. Una vez satanizada la ciudad, cuando la peste, el cólera y los demás jinetes del Apocalipsis se apoderan de ella, el contagio pandémico no dará tregua hasta que acaba con todos: es el triunfo del principio malo, o si se prefiere, del príncipe del mal, que es homicida y tenebroso desde el inicio. Tan sólo el día anterior era día de todos los santos, el día siguiente será el día de todos los endemoniados, aunque se travistan de Halowen. Todos contra todos, pandemia. Pandemia: convicción de que bondad merma autoridad. Entonces el diablo se ríe de todos: vosotros nerviosos, yo tranquilo.

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