Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Yo quiero ser el mismo, el mismito que soy para seguir queriendo ser lo que soy; quiero seguir pareciéndome a mí sin narcisismo, aunque sin querer parecerme a mis defectos tan míos, mismos que me han acompañado toda la vida sin poderles expulsar de mí, por mucho daño que me hayan hecho. Me rindo, tan míos son que sin ellos yo no fuere. No me hago falsas ilusiones, pues quien tiene un defecto los tiene todos, y quien tiene una virtud las tiene todas. A veces, pagano, aldeano hasta el tuétano, siento que mis virtudes son a la vez vicios espléndidos. Pagano mucho, pero maniqueo nunca he podido serlo.

A veces, perdón, en la batalla de la supervivencia he superpuesto mis affiches sobre los ajenos, he concentrado toda la atención sobre mi propio rostro roído sin dejar que a través de él se mostrasen los rostros ajenos, imperialismo que no sabe ser ícono transparente sino ídolo opacador. Qué horrible, aunque más lo sea negarlo, pero sin que el simple reconocerlo evite siempre el cinismo del confeso al confesarlo.

Yo quiero ser el mismo que soy incluso siendo diferente de lo que soy, y quiero ser diferente aunque sea deficiente, querido en mis propias diferencias-deficiencias. ¿Es eso el pecado, aunque lo reconozca con o sin golpes de pecho visibles? Ahora bien, ¿no son las deficiencias parte inseparable del yo, en cuyo nido habitan, y sin las cuales el yo mismo muere?

Querido Luisen, antes que nada, he de decirte que me alegró mucho saber de ti, pues hace mucho tiempo que no te veo por el Instituto Mounier.

He leído tu escrito en el que te diriges a nuestro querido amigo y maestro Carlos en relación a tres cuestiones concretas, y como lo haces de forma abierta, permíteme que me tome la libertad de sumarme, también de forma abierta, lo que a mí me suscitan tus preguntas.

Si quisiera decirlo en plan filosófico te diría que Dios es el A Priori, Jesús es la Palabra y su forma de actuar en el mundo es a través de una relación dialógica entre Él y el mundo.

Pero esto, que es una reflexión teórica, más o menos acertada, en todo caso no está en el origen de lo que para mí es Dios. Precisamente porque yo mismo no me reconozco a partir de mi razón; y si ya mi razón no da razón de mí, ¿cómo voy a tener palabras para responder a tu pregunta?

El Mahabharata, el mayor poema de la India, consta de cien mil versos dobles o slocas divididas en dieciocho partes o libros, equivalente a ocho veces la Ilíada y la Odisea juntas, una pequeñez si se compara con todos mis libros, encuadernados con tela barata (véase su proximidad con el Mahabharata) y sedentes frente a mi escritorio en el humilde despacho en que despacho mi vida. Un día de estos me encaramo a la escalera y con la cinta métrica enrollada a mi cabeza calculo el número de veces en que mis (s)obras completas aventajan al Mahabharata, el cual, y por compensación, eleva a la enésima potencia la cantidad de batallas y la brutalidad bélica con la que afortunadamente no se pueden comparar mis escritos, los cuales únicamente disparan salvas de fogueo verbal a veces crueles. En cualquier caso, la última profesión que yo hubiera elegido fuere la de las armas, y no estoy tan seguro de no preferir la muerte antes que quitar la vida a otros con ellas. Al fin y al cabo, la sustancia gris de la guerra es hoy el turbio petróleo, para cuya extracción se precisa fuego, para cuya distribución fuego, y para cuyo consumo fuego.

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