Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

«Quiero decirte una cosa, aunque recibas pena de oírla, y es que te criaron los dioses para morir, que te engendraron los hombres para morir, que naciste de las mujeres para morir, que vives en este mundo para morir. Nacer los niños en casa no es sino emplazar a los padres y abuelos para la sepultura. Si me preguntan qué cosa es muerte, yo diría que es un atolladero donde todos atollan, porque a la verdad el que pensó pasar más seguro, para siempre quedó allí entrampado. Cuando me paro a pensar y mirar a muchos hombres amigos y no amigos, a los cuales no ha muchos años que yo los conocí muy verdes y muy hermosos, y ahora los veo viejos y secos y enfermos y feos, pienso que lo soñé entonces, o que no son ellos ahora. Murió nuestra infancia, murió nuestra puericie, murió nuestra juventud, murió nuestra viril edad, y muere y morirá nuestra senectud. De lo cual podemos colegir que morimos cada año, cada mes, cada día, cada hora y cada momento. ¿Por qué lloras que murió temprano y no lloras que nació tan tarde? So color de amar mucho la vida nos damos muy mala vida, porque sufrimos tantas cosas para conservarla». Señoras y señores, tenemos que morir, así que vayan preparándose para salir. El pánico a la muerte produce avalanchas con resultados pandémicos de donde no se salva ni Zerristaco.

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Fíjense no más en este argumentum ornithologicum demostrativo de la existencia de Dios, que ni por asomo se imaginó nadie en ningún libro de Teodicea: «Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo, o acaso menos; no sé cuántos pájaros vi. ¿Era definido o indefinido su número? El problema involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese número entero es inconcebible: ergo, Dios existe»1. Ni el Círculo de Viena en los momentos de su máximo esplendor fisicalista («de lo que no cabe hablar es mejor callar») hubiera podido negarlo. Pues por negarlo y nada más que por negarlo comienza la historia universal de la infamia: quien dice tan sólo lo que palpa y lo que ve se aferra al esse est percipi y de ese modo queda condenado de por vida a no pasar de ciego y de mudo, pues el lenguaje no es tan sólo lo escrito o leído, sino aquello a lo que siempre le falta por decir o por escribir.

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Aseguraba el poeta Novalis que la vida es una enfermedad del espíritu, y Rimbaud añadía que la verdadera vida está ausente, que no estamos en el mundo. A estos idealistas metafísicos lo que les ocurre es que no quieren vivir, y en todo caso jamás reconocerán que cuando se lleva una mala vida también enferma el espíritu, que se vuelve malo. Quien separa materia y espíritu está un poco bebido, o peor, abducido. Echarle la culpa al espíritu es la mala canción de los enfermos de la carne, como si la carne no fuese también espíritu, digo carne y no meramente cuerpo. Esta gente quiere su propia biografía de la eternidad antes de haber pasado por sus propios infiernos, lo cual constituye una pretensión tan pálida y tan extra-vagante como fantasmal. El así llamado idealismo confunde las ideas con las idealidades y se especializa en fabricar nubes de humo. Como si la mayor gloria para Dios fuese la de haber absuelto del mundo a sus criaturas. También yo quiero morir del todo: quiero morir con este compañero tan pegadizo que es mi cuerpo. Cultiven el cuerpo, no lo echen a los cerdos, y podrán aspirar a la condición de ángeles, no a la de arcángel, porque entonces se verán obligados a blandir sus espadas flamígeras a fin de defender su pretendida superioridad evitando que entren al jardín del Edén los pobres pecadores.

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Este conocido soneto envió don Francisco de Quevedo y Villegas desde su reclusión en la Torre de Juan Abad: «Retirado en la paz de estos desiertos, / Con pocos, pero doctos, libros juntos, / Vivo en conversación con los difuntos / Y escucho con mis ojos a los muertos». También Nathaniel Hawthorne se pasaba los días escribiendo cuentos fantásticos; a la hora del crepúsculo de la tarde, salía a caminar. Este furtivo régimen de vida duró doce años. En 1837 le escribe a Longfellow: «Me he recluido sin el menor propósito de hacerlo, me he encerrado en un calabozo, y ahora ya no doy con la llave, y aunque estuviera abierta la puerta, casi me daría miedo salir». Aquel hombre de Kafka, en fin, pide ser admitido a la ley. El guardián de la primera puerta le dice que dentro hay muchas otras y que no hay sala que no esté custodiada por un guardián, cada uno más fuerte que el anterior. El hombre se sienta a esperar. Pasan los días y los años, y el hombre muere. En la agonía pregunta: ¿será posible que durante los años que he esperado nadie haya querido entrar sino yo? El guardián le responde: «Nadie ha querido entrar, porque a ti solo estaba designada esta puerta. Ahora voy a cerrarla».

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La inmensa producción de violencia inútil, parte importante del sufrimiento global, representa cuando menos una ofensa al pudor. A Primo Levi, como a un animal destinado al matadero, se le tatuó en la cara externa del brazo el número 174.517, a los hombres se les tatuaba en la cara externa del brazo y a las mujeres en la cara interna. Hundertvier und siebzigtausend fünf hundert siebzehn. Esa era la nueva y definitiva identidad en Auschwitz, pues los números no se volvían a asignar tras la muerte o el traslado de su portador, pues indicaban a primera vista la fecha de llegada al campo, a diferencia de lo que ocurría en otros campos de concentración.

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En el año 1890 Lucas Mallada, regeneracionista de la dura generación del 98, fue uno de los pocos que, por su condición de ingeniero de minas, conocía muy bien lo que parecía poder esperarse del árido suelo español si no se acometían urgentes reformas, pero además sabía muy bien cómo era el desnutrido paisanaje moral de los carpetovetónicos: «En el extranjero en seguida se conoce a un español por su exterior antes de que pronuncie una palabra; entre nosotros, cuando encontramos a un extranjero, ¿en qué conocemos que lo es? Lo conocemos por su mayor estatura, por su rostro más sonrosado, por su mayor corpulencia, o por los tres caracteres reunidos. No será de semblante enjuto, atezado y verdoso, como el que muchos españoles tenemos, ni corresponderá en general a esa talla diminuta, a ese reducido volumen, tan común entre nosotros»1. Su obra Los males de la patria no deja títere con cabeza. Yo mismo, especialmente en los aeropuertos de multitudes abigarradas de Europa, como Holanda, o de USA, cada español me parece un desgreñado sucio, un procaz blasfemo y con aspecto de niñato posmoderno, así que nunca trato con españoles, lo que me descansa bastante. Por otra parte, no me da ni frío ni calor el tamaño de los ciudadanos más pequeños de Centroamérica, ni siento que mis cañones o mis cerillas sean más grandes que los de Portugal. Eso sí, lo que viene primo intuitu a mí en casi todos los lugares es el mismo vaciamiento antropológico.

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