Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Querido Francisco:

Ratifico tu artículo en su totalidad, y me parece muy hermoso y muy de agradecer, de todo corazón.

Esta mañana hermosa caminaba por la amable ciudad de Burgos, y durante cinco largos minutos venía escuchando la conversación que se traían detrás de mí dos chicas y un chico de unos diecisiete o dieciocho años, cuyo paso se había acompasado al mío. Iban bien vestidos o bien desnudos, según se mire. Su lenguaje, sobre ningún contenido comunicativo, estaba constituido sobre venablos archisoeces cagándose en todo lo divino y en lo humano, y anteponiendo la palabra "puta" a cualquier palabra, como en las series de narcos que se ven por Netflix. Hasta que me detuve y les interpelé seriamente, a lo cual ellos respondieron burlándose de mí con gestos y palabras brutales.

Es la nueva normalidad, la nueva normalidad de la nueva humanidad, con la cual no sé si tengo en común algo más que el inevitable ADN de la especie animal en cuanto que animal.

Aquel borracho golpeaba al hijo de Sofronisco, Sócrates, con puñetazos en plena cara; él no resistía, y dejó que el beodo calmara su cólera al punto de dejarle el rostro hinchado y amoratado por los golpes. Cuando cesó de vapulearlo, se cuenta que Sócrates se contentó con colocarse en la frente la siguiente inscripción: ‘Fulano hizo esto’. Y esa fue su venganza. Esto es un poco fuerte, sobre todo porque el borracho lo negaría, y algunos pensarían incluso que se lo hizo a sí mismo Sócrates con el fin de incriminar al tal fulano. Y más fuerte aún, patético incluso, fue que Sócrates llevó esa actitud hasta su propio lecho de muerte: Mis jueces fueron culpables de esto.

Me lo he leído de un tirón. Acaba de aparecer la semana pasada el libro homónimo de Agapito Maestre, uno de los raros pensadores españoles que en la actualidad aún se preocupa por lo español, y que recoge el guante de todas las polémicas básicas que se han librado a favor y en contra de la identidad patria. La posición de Maestre se sitúa en el estro de Ortega, de Menéndez Pelayo y de los mejores intelectuales apologetas de España. Entra y sale nuestro autor como Pedro por su casa de las casas de Sánchez-Albornoz, Américo Castro y otros grandes clásicos hispanistas, llegando también a Calvo Serer, Laín Entralgo, y muchos más ya contemporáneos, con los que yo mismo he polemizado. Personalmente no conozco a nadie que sepa más de todo esto a lo que denominamos España. Agapito Mestre es un españolista felizmente desacomplejado, y su presencia ubicua en los medios le señala como un polemista de corazón en la antípoda de un folclórico. Su pluma, su corazón y su mente son liberales, de un liberalismo bien tajado. Ante la imposibilidad de resumir un libro tan lleno de contenido (y a la vez tan legible y pedagógico, profundo y dinámico) me veo forzado a invitar a lo que para mí ha constituido una gratísima lectura.

Publicamos este artículo con motivo de la celebración, hoy 27 de junio, del día internacional de la sordoceguera.

El aislamiento es una circunstancia imposible para el amor. Si un hijo viene a la vida sin poder ver, ni oír, sin poder hablar, sólo queda la cercanía de la piel, el aroma de los cuerpos, el sabor de los abrazos para alzar el símbolo en su alma y despertar una persona a la vida. Por encima de los miedos, el amor exige aupar al hijo a costa de la propia vida. Amar recrea un mundo nuevo y eterno. Hace fuerte al débil por ser amado y convierte al fuerte en servidor, por amor. En esto consiste el escándalo eterno del amor: en convertir el poder en servicio. Nada hay más revolucionario, ni más poderoso, su fuerza arraiga en la misteriosa entraña de la realidad. Es la clave de la humanización.

Calambur es un juego de palabras. «Con dados se ganaron condados», dijo Quevedo. Y yo, quevedesco en mucho, estoy tan poseído por el calambur que, después de crearlo con suma facilidad, tanta que a veces tengo que luchar por librarme de él, vuelvo a crear otro, lo repito durante algún tiempo en mi cabeza, lo olvido, y al rato de olvidarlo ya estoy creado el siguiente. Estos rituales neuróticos tienen su chispita de gracia en el instante en que surgen, pero no van mucho más allá, así que procuro no aburrir con ellos a mis amistades, aunque alguno de ellos se me escapa de cuando en cuando; lo peor es que casi siempre espero el reconocimiento de esas mis ‘genialidades’ por parte de los demás, como un pobre niño necesitado de cariño. Peor aún si los otros no ven el chiste a la gracieta, o si directamente me lanzan el obús: ‘pues no le veo la gracia’. Malditos proculeyanos (pero no se preocupen, no es lo que parece: los proculeyanos deben su nombre al jurisconsulto Próculo).

Y, si me apuro un poco, la manía que lleva a cometer actos delictivos para conseguir nombradía se llama erostratismo y se debe a un efesio que, considerando que no destacaba en nada, ni en lo físico –nunca ganaría en los Juegos Olímpicos–, ni en lo intelectual, ni en el arte de la guerra, ni en el de la política, para inmortalizar su nombre decidió incendiar el Artemisón de Éfeso, el mayor templo de la Antigüedad, más grande que el estadio Santiago Bernabeu. Yo soy un incendiario de poca monta, pero lo suficiente como para tener siempre el dardo en la palabra y el dedo en el gatillo. No congenio, pues, con el fabianismo, movimiento socialista de carácter reformista que debe su nombre a Quinto Fabio Máximo, cónsul romano del siglo III a. C, apodado cunctator, el contemporizador, el cual utilizaba métodos dilatorios para alejar al enemigo. El arte de dejar que las cosas se pudran sin ser peleadas no lo cultivo, pues no soy gallego, y cuando piso la escalera todo el mundo sabe si subo o si bajo.

Ser tonto y tener trabajo, esa es la felicidad; ser inteligente y cumplir una tarea, esa es una conciencia desgraciada en un contexto alienante.

Preguntado Zeus si el pudor, el respeto, el sentido moral (aidós) debería ser repartido entre todos los ciudadanos, o sólo a unos pocos, respondió sin vacilar: «A todos, y que todos participen. Pues no existirían las ciudades si tan sólo unos pocos de ellos lo tuvieran, como sucede con los saberes técnicos. Es más, dales de mi parte una ley: que a quien no sea capaz de participar de la moralidad y de la justicia lo eliminen como a una mala peste de la ciudad»1.

¿Y si ya está la ciudad entera infectada de esa mala peste? Siempre quedará alguien amigo de la anaídeia, que es frescura, e incluso desfachatez, capaz de atacar los falsos ídolos y de propugnar su desenmascaramiento ideológico; alguien que se niegue a rendir homenaje a lo ‘respetable’ y ‘honorable’ denunciando la inautenticidad; alguien que sea marginal y audaz; alguien que quiera ser no sólo feliz, sino sobre todo digno de la felicidad, aunque para ello le ninguneen o le maten los amantes del desorden establecido, de lo ‘civilizado’ (asteîon): alguien que con mezcla de lo serio y de lo jocoso (spoudaiogéloion) sea lo bastante cínico para morder como el perro la carne rosada de los espectáculos públicos y su ‘moralismo’ amable; alguien que sea activo en el Kenismós, incluso con desvergüenza, como el can, y no con el Zynismus del hipócrita; alguien así quedará. Mi deseo nunca ha sido pertenecer a la secta de Diógenes el perro, pero estoy cada día más dispuesto a pagar el desprecio con que se castiga al happy few marginal por parte de los caballeros de la Orden del Zynismus. Ya me cago en la electricidad y en el ferrocarril, como el maestro Unamuno.

Subcategorías

Artículos y debate sobre la crisis del COVID-19