Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

La soledad, impuesta, no es positiva para el ser humano, no es humana. Hoy asistimos a la experiencia creciente de que ser mayor es quedarse solo, vivir solo y morir solo; esta soledad es la experiencia más difícil que puede vivir el ser humano. No hemos nacido para vivir solos. Necesitamos, para poder ser, relacionarnos, y relacionarnos desde el amor. La soledad interior que vive todo ser humano no desaparece nunca. A lo más que podemos aspirar es a una soledad acompañada.

Hoy escuchamos: «No os dejaré huérfanos y volveré a vosotros» (Jn 14,15-21). Es un discurso árido porque su contenido es más teológico, pero si nos fijamos bien, se centra en el amor a Dios y en el amor que Dios nos tiene al enviarnos, al darnos, su Espíritu. La letra mata, el Espíritu da vida.

La gran crisis de los discípulos fue la muerte de Jesús, que los dejó solos: se sentían solos y vacíos (sin Jesús todos nos sentimos vacíos) y Jesús les dice: tenéis que abrir los ojos y descubrir mi presencia resucitada: «me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo».

Nos preguntamos: ¿dónde sigue viviendo? Jesús nos dice que en la presencia del Paráclito, en cada uno de nosotros, que es fuerza de Dios que protege, defiende y consuela. Y este es el gran don de Dios a los suyos: soledad sí, pero habitada por el Espíritu.

EL ENCUENTRO PASCUAL CON EL HIJO DE DIOS RESUCITADO CAMBIA NUESTRA VIDA DE DISCÍPULOS

El cristiano, que es verdadero discípulo de Jesús de Nazaret, nunca puede conformarse con decir en abstracto ‘creo en Dios’ o ‘yo sé que Dios existe’. Ante Dios los cristianos no vemos algo ‘abstracto’ e inaccesible. El discípulo que se ha encontrado cara a cara con el Señor Resucitado está invitado a más. A mucho más. Para eso está precisamente la celebración de todo el tiempo pascual.

El discípulo del Nazareno recibe la fuerza necesaria para cumplir con aquella invitación que resuena en nuestros oídos desde el día primero de Pascua: ‘id a Galilea y allí me veréis’. Y luego, como buenos y fieles discípulos, hemos de actuar en consecuencia de lo que nos dice ese Señor Jesús. Por eso todo cristiano debe testimoniar con su comunión y con su estilo de vida conforme al de Jesús de Nazaret que conoce personalmente a ese Hijo de Dios. Jesús de Nazaret es el Hijo del Padre que ahora actúa en nosotros por el Espíritu Santo. Esta es la gran lección de estos días de Pascua. El Resucitado nos invita a reconocerle vivo como lo que es: como nuestro Evangelio, como la única verdadera Buena Noticia destinada a alcanzar la salvación de todo hombre.

El 18 de julio de 2013, a las 12, me tocó presentar a Carlos Díaz, que daba una charla sobre «La fundamentación de la dignidad humana» en el aula de verano del Instituto Emmanuel Mounier, en Burgos. Debió de gustarle mi presentación porque me pidió el texto, que yo llevaba garrapateado en unos papelitos. Le dije que se lo daría cuando lo pasara a limpio, y aquí está, con ligeros retoques. Tal vez la rapidez no es lo mío.

¿Por qué estamos aquí? ¿Para qué hemos venido? Después de la intervención de Rogelio Rovira debería quedar claro que no nos hemos reunido aquí solo para hablar de filosofía. Esto no es una universidad de verano. O no debería ser solo eso. Porque la defensa de la dignidad del hombre no son solo palabras.

Existen en el hinduismo cuatro formas de persuasión. Bheda consiste en tratar de estimular a alguien para que sea mejor comparándolo con una persona superior a él. Shama es la persuasión mediante bellas palabras. Dama trata de ganarse a alguien mediante obsequios. Danda es el método de corrección mediante el castigo, el cual se ha de adoptar cuando los tres anteriores no han surtido efecto. Aunque la moda de los discípulos de Rousseau, que todavía siguen en Belén con los pastorcillos, rechace la corrección y el castigo, vivir es corregir, y corregir es persuadir, e incluso castigar, es decir, obligar a rectificar en la medida en que el sujeto se deje corregir, si bien hay elementos incorregibles y castigos inusitables.

Vivir, decía, es corregir, y ello en el doble sentido del término: primero corregir, rectificar, hacer lo recto o correcto y, luego, regir juntos, co-regir. Y también en el sentido doble de corregir al otro como a sí mismo y a sí mismo como al otro, a pesar de las disimetrías, pues todos tenemos algo que corregir. Aunque demasiados docentes indecentes aún no parezcan haberse enterado de ello, esta función corresponde a todos y es multipolar, no reservada a nadie en particular. Se acabó la Escuela de mandos José Antonio, aunque la tentación de volver la grupa hacia todo aquello siempre recidiva.

Tantas son las cosas que un mal conferenciante quiere decir, que por querer decirlo todo empieza a beber agua, a sentir el sudor de sus manos, a marear los papeles que lleva escritos, a disculparse ante el público («esto me lo salto», llega a decir en voz alta una vez borrada la distancia entre el tú y el yo), y a desear que aquello concluya lo antes posible.

Y este mismo tormentito lo padecen el escritor malo, el filósofo malo, etc. La cosa es hasta cierto punto disculpable: «Un gentil se presentó ante Shammay y le dijo: “Me convertiré al judaísmo si puedes enseñarme toda la Ley al completo mientras me apoyo en un solo pie”. Shammay lo echó amenazándolo con la herramienta de albañil que llevaba en la mano»1. A mí mismo, que no he llegado tan lejos en el rabinato pese a mis denodados esfuerzos, cuando alguien me pide que le ‘resuma’ algo, le obedezco amorosamente: le sumo, le sumo, le sumo y le vuelvo a sumar todo hasta que, bien mareado, deja de pedir. Y, ya bien nokeado, le repito así: «Nadie debería decir “quiero estudiar la Biblia para que me llamen sabio”; o “quiero estudiar la Mishnah para que me llamen Rabbi”; o “quiero enseñar para convertirme en anciano y sentarme en la Asamblea del Sahnedrín”. No. Debe estudiarse por amor y, finalmente, el honor vendrá por sí mismo»2, al menos el honor de haber envejecido estudiando.

Contaba no hace mucho en mis Memorias de un escritor transfronterizo1 que durante toda mi vida me he sentido bien en el terreno de la ética social, y que incluso me hubiera encantado participar en la vida política institucional, pero también me ha ido enseñando la realidad que esto segundo iba a estarme vedado, ya sea por el sesgo de la política institucional europea, y más en concreto en el país en el que nací, ya sea por el sesgo de mi propia forma de ver la ética social. No encajo en ninguno de los árboles de Linneo, y ni siquiera soy capaz de dar saltos del uno al otro como un verdadero Tarzán. Más bien me ha tocado vivir al pie de los árboles y caminar umbrátilmente entre la umbría humedad de las setas. A veces seta venenosa, a veces benéfica y sabrosa, así van mi escritura y mi realidad, pero ya digo que esta es una situación residual que me displace. De hecho, no sé si el anarquista sin pistolas que soy tendría asiento en un parlamento en el que se defienden mientras se atacan y se atacan mientras se defienden unos y otros políticos unidos por el mismo cordón umbilical que les nutre.

A veces me imagino sentado en el banco azul, junto a los príncipes que en cada momento asientan sus muelles posaderas gobernando, regobernando y desgobernando. ¿Cómo sería mi actitud en esos monumentos, en qué estaría pensando yo durante las sesiones parlamentarias, acaso dormido o tal vez durmiendo, que no son lo mismo según Camilo José de Cela? Cuando estudié el diplomado superior de sociología política en lo que hoy es el Senado, siempre me detenía en el corredor de los pasos perdidos delante del busto de don Julián Besteiro, sobre el que llegué a escribir un libro lleno de respeto2. Que un anarquista como yo haya escrito un libro sobre un hombre culto, político, honrado, y con ideas y vivencias como las que él defendía me pareció algo hermoso ayer e incluso me lo sigue pareciendo hoy, incluso desde el punto de vista de la mera razón dialógica.

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