Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Cuando yo era niño tuve por maestra a mi madre, una abnegada mater et magistra que se echaba a la espalda ella solita a los cien parvulitos de aquella escuela cagona, que contaba con una “maestra” auxiliar que aseaba a los infantes para los cuales parecía paripintada la canción “por adelante lo tengo mojadito, por atrás se me sale el pastelito”, efectos  todos que recogía la buena “auxiliar”, para devolver aseados y más bonitos que un sanluis a los menores que se habían hecho todo encima.

Hasta ahora, desde que se levantó el encierro, me parecía sentir la tristeza instalada en los rostros y en las calles. Desde hoy, día en el que el divino Pedro de todas las Españas, ha vuelto a tirar de la cadena y ha vuelto a caer sobre nuestros avellanados caletres otro chorreo de su estupenda, insensata e insoportable mierda de colores, desde hoy, ya no estoy seguro si es tristeza o sonambulismo.

Xosé Manuel Domínguez Prieto comenta en su ponencia del Congreso Afectividad y Sexualidad del siglo XXI: «Qué fácil nos es juzgar a los demás y, en cambio, nunca sabremos los motivos que han definido las acciones o palabras de una persona, su historia personal… la lucha que mantiene consigo mismo para seguir viviendo…».

Si yo digo hoy lo que sigue, van y me tachan de rarito, Borrell, cuidado con él: “El verdadero fundador de la sociedad civil fue el primer hombre que, tras cercar una porción de tierra, tuvo la ocurrencia de decir esto es mío, y dio con gente lo suficientemente simple como para hacerle caso”1. “Cuando el hombre descubrió que podía realizar las ventajas de la cooperación sometiendo a otros hombres en lugar de asociándoseles, siendo en él aún potentes los instintos animales, obligó a los más débiles a trabajar para él prefiriendo la dominación a la asociación. Así pues la cooperación, que debía llevar al triunfo de la solidaridad en todas las relaciones humanas, se tornó propiedad individual y gobierno, esto es, explotación del trabajo de todos en provecho de una minoría”2.

“Esas son las gentes que van al paraíso; con ellos no tengo nada que hacer. Es al infierno adonde quiero ir, porque es allí donde van los clérigos hermosos, los guapos caballeros muertos en los torneos y en las guerras de ganancia, los hombres de armas valerosos y los nobles. Allí van también las hermosas damas corteses hasta el punto de tener dos o tres amantes además de su marido; van allí también el oro y la plata, las pieles suntuosas; y también los músicos que tocan el arpa, los juglares, los reyes de este mundo: es con ellos con quienes quiero estar, a condición de que tenga conmigo a Nicolette, mi dulcísima amiga” Aucassin et Nicolette.

Cuando el niño malo se portaba indebidamente se le encerraba en el cuarto oscuro, y ahora se le manda al rincón; cuando el adulto malo desafinaba, se le mandaba al paredón, y ahora el toque de queda se usa para refrenar las ansias de abrazos de los amigos del botellón. Lo que pasa es que al apenas instaurado toque de queda le sigue un movimiento inercial de tocata, bocata y fuga, por aquello de que el primer deber del recluso es buscar su libertad a cualquier precio: cuando el alma no está queda, nada queda. El único toque de queda eficaz, del que no resulta fácil salir, es el de las sirenas y las púas alambradas de los campos de concentración, donde por antífrasis la inmensa mayoría se desconcentra. Así que, contando con ello, y resignándonos un poco, ¿qué se puede hacer durante el toque de queda?

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