Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

30. T. O. 2020 Mt 22,34-40

Para Jesús es inseparable lo uno de lo otro. ¿Qué estamos exponiendo? Que es una ilusión pensar que se puede estar en buena relación con Dios, relacionándose mal con los otros, sean estos quienes sean. Es imposible tener relaciones con Dios sin tener relaciones fraternas.

Alguno puede decir que Jesús, al unir lo divino con lo humano, seculariza la religión, y así es en efecto, porque pone lo religioso en el ámbito de lo laico. Lo más grande en la vida es ser ni más ni menos que buena persona. Ese fue Jesús: un hombre que pasó por la vida haciendo el bien sin mirar a quien. Un hombre “muy bueno”: Dios. Dios no es inmanente al mundo, pero tampoco distante. En Jesús de Nazaret está unido lo divino y lo humano, pero no en apariencia, sino hasta las últimas consecuencias: dar la vida por amor.

Con más paciencia que el santo Job, vengo sufriendo a un “familiar” que se emporra continuamente y que cada vez que abre su sucia bocaza de albañal en las comidas es para decir en voz muy alta “me cago en Dios, en la Virgen”, etc. Presume de su ateísmo como si estuviera orgulloso de la ausencia del rudimento del tercer párpado, y eso lo hace además a modo de gracieta en cuantas celebraciones domésticas se presenta, pasando luego la gorra en busca de unos centavos en pago a su payasería. Por supuesto, los pocos católicos que quedan en mi familia, no se dan por aludidos al respecto, y hasta le ríen sus cagadas. Por oponerme a ello después de cincuenta años padeciendo este flagelo, el otro día se armó contra mí la marimorena de todos, de todos y de todas. Pero, dejando aparte al imbécil, a esta situación se llega también por la beocia de los propios creyentes. He aquí la genealogía de los cagamendioses:

Reduccionismo espiritualista: espíritu sí religión no. Excluyendo la mística como algo esencial al hecho religioso, ¿cómo entender a Juan de la Cruz, a Teresa de Jesús, a Rumi, etc? Sin mística, hasta las iglesias devienen sectas que sólo buscan aspirinas, logromotivaciones mundanas, y telepredicaciones sectarias.

Después de mi último artículo, y ya pasada mi cuarentena como columnista, aquí está Mambrú de nuevo como quintacolumnista. Ha obedecido las admoniciones de quienes le instaban a esconderse en la trinchera, pero regresa al campo de batalla de papel, porque ya no sirve para el frente de Aragón, primera línea de fuego. Agradecido a unos pocos amigos que le impelían para volver por los fueros de las barricadas sin esconderse, aquí cabalga de nuevo porque el día en que no dispara algún tirito muere sin ser matado, colmo de la vida inútil. Además el enemigo sigue ahí, en sus propias narices, así que al ataque con la escopetita de feria y cuatro perdigones.

La vejez debería ser en la vida un lugar de tranquilidad. Después del largo y trabajoso camino, cuando las fuerzas flaquean, nadie debería vivir inquieto por falta de cuidado. Sin embargo, en cuarenta años de democracia, apenas hemos sido capaces de poner en pie un servicio público de cuidados paliativos y de residencias para tres de cada diez necesitados. Nos hemos gastado el dinero en otros menesteres más urgentes: trocear y enfrentar con nacionalismos, multiplicar la ineficacia y el gasto con descentralización mal entendida, engordar sin fin la burocracia del estado, favorecer el partidismo político, el sindicalismo subvencionado y el empresariado mantenido.

Queridos amigos y amigas, hermanas y hermanos:

Se nos ha echado encima el mes de septiembre, pero la crisis sigue azotando en todos los terrenos con cierta intensidad, en algunos aspectos más que en otros. Yo con este artículo también desearía irme despidiendo como quintacolumnista, pues tal me siento a tenor de la prácticamente nula repercusión de mi palabra en otras palabras, con alguna excepción que agradezco en el alma. Escribir y no ser respondido es algo normal para mucha gente y, aunque no constituya mi plato favorito, tampoco puedo ignorar que cada uno escribe o no escribe si quiere, cuando quiere, y a quien quiere.

Recensión del libro de Antonio Zugasti, Manual de izquierdas para los que vivimos bien, Ed. Sonora, 2020. Ver en Agapea.

«Bueno, los que pensamos en buscar una salida sin estallar el cerebro contra el muro tenemos un problema, y es que pensamos con el estómago bastante lleno. Recuerdo las asambleas que hace cuarenta años celebrábamos los trabajadores de Iberia afiliados al Partido Comunista. Allá por los finales de los setenta, con la transición recién estrenada y las ilusiones sin el chaparrón del desencanto. Y también con la sociedad de consumo asomando por nuestros escaparates, nuestros televisores y nuestras carreteras.

»Veíamos la democracia incipiente y las recobradas libertades como el primer paso hacia la gran transformación socialista de la sociedad. Después de discutir acaloradamente sobre la mejor forma de dar este paso que nos liberaría definitivamente a los trabajadores de la explotación capitalista, terminábamos cantando con todo entusiasmo la Internacional, incluido eso de arriba parias de la tierra, en pie famélica legión.

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