Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

Una pequeña cuestión que no logro comprender todavía a estas alturas de mi vida es la siguiente: siendo el egoísmo preconvencional y convencional la constante de nuestra civilización, y habiendo expuesto más cruda y cruelmente que nadie dicho egoísmo un filósofo alemán denominado Max Stirner (1806-1856), para el cual sólo existe el yo, y no cualquier yo, sino el yo que es propietario, fuera del cual no hay nada interesante ni amable1, ¿cómo es posible que prácticamente haya pasado ignorado a nuestro mundo egocéntrico? Sólo me cabe una explicación plausible, a saber, que la brutalidad con que defiende Stirner esa su brutalidad no resulte proclamable ni rentable políticamente.

Pero como soy más tozudo que una mula, e incluso más que un asno –tozudez sobre tozudez– vuelvo a las andadas con la exposición de un coetáneo de Stirner, a saber, el francés Anselme Belegarrigue (1813-1869) que, al margen del círculo de intelectuales en que se movió el alemán, vino a parar a los mismos principios egocéntricos, paralelismo que a estas alturas sigue sin ser estudiado, tal vez por los mismos motivos. Uno de los capítulos de su breve opúsculo, el Manifiesto, proclama lo siguiente bajo el título «El dogma individualista es el único dogma fraterno». Dice así: «¿En qué me afecta aquello que se hará después de mí? No tengo que servir ni de partícipe de ningún holocausto, ni de ejemplo para la posteridad. Yo me encierro en el ciclo de mi existencia, y el único problema que tengo que resolver es el de mi bienestar. No tengo más que una doctrina, esta doctrina no tiene sino una fórmula: GOZAR. Honesto quien la reconoce, impostor quien la niega.

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La Granja del Señor, fundada en 1919 en el Estado de Nueva Jersey, duró veinte años, fue un ensayo extraordinario de convivencia en libertad absoluta para hacer cuanto les apetecía a sus componentes. La Colonia estaba basada en la total ausencia de propiedad personal y el ejercicio absoluto de la ‘libertad cristiana’, y por ella desfilaron unas tres mil personas, católicos, metodistas, espiritistas, teósofos, ateos, socialistas, anarquistas, gentes que oraban, blasfemaban, adoraban, maldecían o se querellaban, agrupados por afinidades, unos permaneciendo algunas horas, otros unos días, y la mayoría muchos años.

Un día llegó una mujer que decía que era Eva, y se puso a perseguir a Paul, el fundador de la comunidad, que la eludió. Queriendo ser fiel a las costumbres del Edén, la susodicha mujer creyó estar obligada a deambular por la Colonia, todo ello sin emocionar lo más mínimo al inquebrantable Paul. Al fin, la nueva Eva encontró un Adán con el cual partió hacia Filadelfia.

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Emil Armand (1872-1963) abrazó en principio el cristianismo del Cristo revolucionario y pacifista de Tolstoi, luego fue anarco/comunista y finalmente anarco/individualista, en su búsqueda de lo que entonces se llamaban milieux libres (espacios libres). Su defensa del naturalismo y del amor libre proviene de Fourier, y lo que llamó camaradería amorosa incluía el amor plural de parejas múltiples, habiendo publicado numerosos libros también sobre historias de organización comunitaria sin Estado y sin explotación económica llevadas a cabo desde los tiempos más remotos, muchas de ellas efímeras y fracasadas1.

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«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo… el que lo encuentra, vende todo lo que tiene y compra el campo».

Lo más importante que debemos buscar, el tesoro, es la sabiduría, porque es más importante que las riquezas. Por este tesoro lo dejo todo. Saber discernir para escoger lo que más conviene al desarrollo personal y al de los demás, de forma que seamos referencia para el crecimiento personal, es ser sabios. Esa sabiduría se la pidió Salomón al Señor (1Re 3,5.7-12): «un corazón sabio e inteligente». La sabiduría la necesitamos para poder vivir con profundidad y gozo la existencia. Para poder elegir y dejar lo que ya tenemos, necesitamos la experiencia de haber encontrado el tesoro más importante en nuestra vida, y éste es el encuentro con la Persona de Jesucristo: experiencia de Tabor, que pasa por el Triduo Pascual, para ser testigo de las Bienaventuranzas. Este encuentro cambia la vida, marca un antes y un después; de aquí nace la radicalidad y la decisión que son fundamentales en el seguidor de Jesús. Sin experiencia personal y profunda de haber encontrado el Reino de Dios, nuestra vida –dice Jesús– se pierde por querer ganarla, y termina en fracaso. ¿Qué es lo que de verdad te importa? ¿Qué estás dispuesto a vender para conseguirlo? «Vende todo lo que tienes y compra el campo». Esto es fácil saberlo: ¿dónde tienes puesto tu corazón? Jesús nos dice que lo fundamental es «buscar el Reino de Dios y su justicia».

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Cuando se han librado los primeros meses de la Guerra civil española mueren el día 20 de noviembre de 1936, separados por escasas horas y unos cientos de kilómetros, el anarquista Buenaventura Durruti y el falangista José Antonio Primo de Rivera. Las dos organizaciones a las que representaban compartían los mismos colores en sus banderas, el rojo y el negro. Francisco Franco muere 39 años después, el 20 de noviembre de 1975, con una bandera roja también, y gualda. Al finalizar la guerra se borró todo tipo de huella del mausoleo levantado en honor de Durruti. El cuerpo de José Antonio fue exhumado y llevado a hombros desde Alicante hasta el Escorial, y una vez terminado al Valle de los Caídos, como Franco, cuya tumba también fue sacada muchos años de allí casi a patadas. Ni siquiera después de tanta masacre dejan descansar a los muertos, a los caídos. Todas las golondrinas han abandonado la historia.

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La experiencia de la humanidad hoy, con el Covid-19, es incertidumbre, miedo, inseguridad, tristeza, falta de sentido (campo psicológico, por ejemplo depresión) causados por un virus que nos ha venido; pero nos han venido con él otros ‘males’ adyacentes, que no son tales: la ‘purificación’, el desapego a tantos ídolos, necesario para que surja algo nuevo (campo teológico: noche oscura). No es lo mismo depresión que noche oscura, aquí Dios está hablando. El hombre no tiene en su mano el mundo, se le escapa, no lo domina. Nos han engañado, hemos sido unos crédulos. La ruptura es dramática, lo queramos o no lo queramos. Nos vemos peores que antes, pero puede que sea para ir mejor. A través de la purificación de los apegos Dios está actuando. ¿No es esto positivo? Se necesita humildad para poder aceptar este lenguaje de Dios en la tribulación. Cualquier experiencia de la vida nos puede introducir en la ‘noche’. La del Covid-19 también.

Entrar en la dinámica de la historia, sin pretender exigir aquí y ahora el ‘ya’ del Reino… Son muchos los que quieren ver ya el final de la historia: les falta perspectiva histórica. No soportan la oscuridad, la inmediatez les domina. Nos hemos creído que lo podemos todo. El hombre no tiene en su mano el mundo, se le escapa. Sí, soñábamos que la biomedicina en el futuro nos libraría de la muerte. Y no, no es así. Hemos dado culto a dioses que se pensaba que no tenían límites, que esconden, como siempre, tristeza, esclavitud, desesperación, sufrimiento que Dios no quiere. Han engañado a muchos, hemos sido crédulos.

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Artículos y debate sobre la crisis del COVID-19