Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

El norteamericano de Ohio Ambrose Bierce escribió a sus sesenta años un famoso Diccionario del diablo1, en ninguna de cuyas 170 páginas aparece la voz diablo, pues lo propio del diablo, según nos enseñó Jean Luc Marion, es no dar la cara él mismo, aparecer mudo, a fin de que nosotros seamos los ventrílocuos de sus alaridos, su caja de resonancia, para lo cual basta con que cada uno acuse a su prójimo, al que está más cercano. Así satanizadas nuestras bocas inmundas, cagándonos todos en todos, es como triunfa lo diabólico, adjetivo del verbo diaballo -que significa desunir-, y por eso mismo antítesis del símbolo, cuyo significado es el de unir. Una vez satanizada la ciudad, cuando la peste, el cólera y los demás jinetes del Apocalipsis se apoderan de ella, el contagio pandémico no dará tregua hasta que acaba con todos: es el triunfo del principio malo, o si se prefiere, del príncipe del mal, que es homicida y tenebroso desde el inicio. Tan sólo el día anterior era día de todos los santos, el día siguiente será el día de todos los endemoniados, aunque se travistan de Halowen. Todos contra todos, pandemia. Pandemia: convicción de que bondad merma autoridad. Entonces el diablo se ríe de todos: vosotros nerviosos, yo tranquilo.

Cagatintas es un epíteto que se reservaba para un funcionario, y más específicamente para el funcionario que dirigía un periódico, de ahí que en esa función pueda estar ligado al chantajista y ser más despreciable aún que este último. Por analogía, cagatinteaba todo aquel oficinista mediocre que con su manguito y su visera ocupaba el cuarto trasero de los periódicos. También le caía encima el remotete de chupatintas, dando así remate a la cochinada, ya que primero tenía que cagar la tinta y luego chuparla. Viene siendo a partir de entonces una cuestión muy disputada qué sea lo primero, si cagar la tinta o si chupar la tinta, pero suele reconocerse que ambas fases tienen algo que ver con los cefalópodos, especialmente con los calamares que se ocultan tras su propia tinta.

“Metió el Cabra en casa la vieja por ama para que guisase de comer y sirviese a los pupilos; despidió al criado porque le halló un viernes a la mañana con unas migajas de pan en la ropilla. Lo que pasábamos con la vieja, Dios lo sabe: era tan sorda que resultaba menester desgañitarnos, y casi tan ciega de todo punto, y tan gran rezadera, que un día se le desensartó el rosario sobre la olla y nos trajo el caldo más devoto que he comido. Unos decían: ‘Estos, sin duda, son garbanzos negros de Etiopía’. Otros: ‘garbanzos con luto. ¿Quién se habrá muerto? Mi amo fue el primero que se encajó una cuenta, y al mascarla se le quebró un diente. Los viernes solía enviar unos nuevos, con tantas barbas, a fuerza de pelos y canas suyas, que pudieran pretender corregimiento o abogacía. Pues meter el badil por cucharón y enviar, y enviar una escudilla de caldo empedrada, era muy ordinario. Mil veces topé yo sabandijas y palos y estopa de la que hilaba, en la olla; y todo lo metía para que hiciese presencia en las tripas”1.

El primero de noviembre es el día de todos los santos, o sea, de todos los seguidores del Santo, al que los cristianos alabamos en el oficio de la misa “porque sólo tú eres santo, sólo tú señor, sólo tú altísimo Jesucristo”, algo que vuelvo a recordar aquí porque la santidad no consiste en otra cosa que en eso, en seguir al Santo a pesar de todo. Muchos son los santos no canonizados, y más de un santo canonizado tiene sus manos tintas en sangre, en poderío, y en riquezas, no faltando incluso santos que no existieron, por alguna astucia de la historia. Pero en eso no voy a entrar ahora.

Los mitos no son Fucks News, ni invasiones de mentiras tuiteadas, ni recurso de los mass media, ni la oficina donde se fraguan las industrias de la conspiración. Los mitos no son los medios de comunicación cuyos fines se tejen en el telar de Satanás. Los mitos no son las aspiraciones de quienes, llenos de miedo a ser vistos como realmente son, aparentan lo que no son, para lo cual ego sum imperator. Los mitos no son los dictámenes de birrete y toga agrupados bajo el lema “la ley es igual para todos”, con ramitos de flores sobre la mesa de los jueces, tan parecidos sin embargo a los tribunales de la isla de Guadalupe, donde los litigantes, para alejar a los zombis, lanzan huevos podridos contra el palacio de justicia y se orinan en un rincón de la sala de la audiencia. Los mitos no son mujeres tetudas gracias a grandes rellenos de silicona, ni hombres con elongación del hueso peneano. También constituye un mito caracterizar de mitología al conjunto de creencias de un pueblo relativas a sus orígenes, sus héroes y dioses, por oposición a la historia verdadera… que inventa más tarde.

Como dice el refrán, “quien con niños se acuesta cagado amanece”. Así que, metido en estos cagandurriales, no seré tan presuntuoso como para negar que también yo tengo mis zurraspias, como Sancho y como cualquier hijo de vecino. Y no es que yo desee tomar por cómplice a Sancho para esta ocasión, pues no me encuentro a su altura, pero no puedo ignorar que ni siquiera el alma noble y el cuerpo alto de nuestro señor don Quijote pudieron evitar que hasta sus mismas narices llegase el hedor del escudero descompuesto. Así que vamos a alzar el telón sin mayores dilaciones, pues el asunto no está como para aguantar demasiadas tardanzas:

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