Reflexiones desde un punto de vista personalista comunitario.

2 Adv 2021 Lc 3,1-6

En este tiempo de Adviento la palabra clave es esperanza. Dentro de las circunstancias en las que andamos, descolocados por las cosas que nos ocurren, vamos situándolas en un contexto que nos permite tener una primera referencia, para conectarlas con unas y otras etapas de la historia, poniéndolas en relación y tratando de verlas como un proceso. Pero el creyente también se pregunta si ese proceso va hacia algún horizonte, en una palabra, si la historia la hacemos o nos hace, si podemos esperar algo o si la sala de espera no tiene otra salida que el cementerio. Entonces no estaríamos hablando de esperanza, sino de desesperación; no estaríamos hablando de sentido, sino del sinsentido, porque no hay nada que esperar.

El queso de la filosofía lo han ido devorando poco a poco diversas especies de ratones. Especialmente quienes hoy estudian lo humano son los biólogos, médicos, fisicoquímicos, psicólogos, genetistas y demás familias, pero no los filósofos, que se han quedado sin el humo de las velas. Cualquiera menos ellos parece tener competencia profesional y deóntica sobre cuestiones como felicidad, libertad, amor, corporalidad, sentido de la vida, bueno y malo, más allá, justicia, alma, o antropología. Todo eso ha pasado a ser para los “científicos” mera “metafísica”, es decir, regaños de viejo desdentado descatalogados y recluidos en el arcón del desván. A la vista de ello, los filósofos nos hemos tenido que reciclar trabajando en gasolineras. A lo largo de los siglos son muchas las artes y los oficios que han corrido la misma suerte o desgracia. Desafortunadamente otros oficios se han mantenido, por ejemplo el de los verdugos, que son mucho más útiles.

Don Andrés Manjón nace en la aldea de Sargentes de la Lora (Burgos) un 30 de noviembre de 1846 y muere en el 1923, Al final de su vida describe como sigue la escuela de su aldea, en la que estudió: “El Maestro de aquella lóbrega y angustiosa Escuela de Sargentes era, por aquellos tiempos, un vecino de Rocamundo, casado y con tres hijos, sin título alguno, de unos cuarenta años, alto, nervioso y escueto, muy enérgico, de cara tiesa, voz de autoridad con tono de mal humor y asomos de riña; quien sabía hacer letras, pero sin ortografía; leer, pero sin gusto, y calcular, pero en abstracto y, sólo con números enteros, hasta dividir por más de una cifra.

Para que los niños aprendieran a leer había unos carteles ahumados, y después el libro que cada uno se proporcionaba, siendo frecuente que los chicos llevaran las Bulas de Cruzada y Difuntos, y de manuscritos, las escrituras, testamentos, etc, antiguos, que les proporcionaban sus padres y abuelos.

1 Adv. 2021 C Lc 21,25-28.34-36

Dios siempre busca dar esperanza, nunca atemorizar. Las imágenes terribles y severas que se nos presentan en el evangelio de Lucas, tratan de llamarnos la atención. La descripción de los sucesos cósmicos no finaliza con la destrucción total del mundo, sino con la llegada del Hijo del Hombre. Ese día no será el caos, será el día de la liberación.

¡Que la vida pasa, sin tomar casi conciencia!, hay que estar de pie, rápido para salir de la mediocridad y distinguir lo esencial de lo accidental. Es una llamada a salir de la atonía, aburrimiento y desesperanza.

En épocas pretéritas, comenzaba yo mis modestas conferencias con un Señoras y señores. Sobre todo en Alemania me encantaba echarle un poco de solemnidad al asunto: Meine sehr verehrten Damen und Herren, mis muy veneradas señoras y señores. Incluso en países latinoamericanos suelo empezar ocasionalmente mis pláticas con un Queridas damas y caballeros. Ahora bien, a la vista del cambio de paradigma en nuestros días, estoy inaugurando mis discursos con un Ni señoras ni señores, sino todo lo contrario, con la esperanza de que dos negaciones den como resultado una afirmación, con lo cual salvo al mismo mi cerviz de la voraz guillotina de género, según la cual ya no se sabe qué sea dicho género, si se pudiese no se podría conocer, y si se conociera sería incomunicable: fuera el sexo para mejor sexo.

Jesucristo, Rey del Universo

Jesús no afirma su realeza ante Pilato, sino que afirma el auténtico sentido de su realeza: dar testimonio de la verdad.

Testigos de la verdad

Seguir al Rey es seguimiento hacia la cruz, y en ese camino Jesús nos dice que tenemos que ser testigos de la verdad.

Hay una mediación que brota de la lucidez de la fe, es la propuesta de una vida, de una pretensión cristiana. Propuesta que debe ser razonable y humilde. No tenemos respuestas para todo. Creemos los cristianos que debemos dar razón de nuestra fe, y lo hacemos con profunda humildad y perplejidad, porque la verdad no se posee, a la Verdad se la sirve. Es una propuesta veraz, porque el cristianismo se traduce en vida, que es donde se verifica. No somos una élite de perfectos, sino la de los pobres y pequeños que van avanzando con tropiezos, tratando de encarnar la fe, y así nos libramos de ideologías y espiritualismos.

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