Artículos y debate sobre la crisis del COVID-19

En el vaivén de la vida, desde que aquellos astutos griegos nos hicieron caer en la cuenta de que el ser es abismal y el hondón de las cosas no siempre se muestra en sus apariencias, unas veces, nos quedamos deslumbrados por lo que se manifiesta y, otras, nos mantenemos erguidos ante los resbalones de las superficies.

Hoy es cuestión de vida o muerte perseguir como posesos la importancia de lo que se esconde, de lo que no da la cara mientras puede estar urdiendo un destrozo en las sombras. Este ser vivo, incapaz de reproducirse y de vivir por sí mismo, establece su relación parásita y destructora, urdiendo la trama básica y primera de su daño, sin dejarse notar.

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Yo sólo quiero ser, por un momento,
esta carne que no sabrá morir
sin comprenderse antes.
                     Agustín Pérez

Terminado el estado de alarma, los periódicos, las radios y televisiones, las redes sociales se han lanzado a dar su parecer sobre este tiempo de pandemia. Echar la mirada atrás es para mí muy triste, pues tengo la mala costumbre, y rara en este país de lotófagos, de no poder olvidar ciertas cosas que han dejado en mí heridas profundas. Hay que seguir viviendo, es verdad. Pero para seguir viviendo no basta con tener abiertos los mercados; hay que tener abierto el corazón, aunque nos duela. Porque todavía no somos conscientes de la carga que ha echado sobre nosotros esta pandemia. Y no lo seremos hasta que no nos duela hasta el corvejón y nos impida andar con la alegre inconsciencia del mundo en que vivimos.

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No debemos olvidar, más allá de las críticas a nuestros gobernantes y bergantes, que la información y su falseamiento no depende solo del que informa, sino también de quien recibe la información. El que quiere información, ¿qué busca en ella? ¿Quiere realmente saber cómo son de verdad las cosas? ¿Calmar su ansiedad? ¿Llenar su vacío existencial? ¿Busca artillería para combatir a quien considera su enemigo? ¿Quiere desentenderse de su propia responsabilidad?

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El primer requisito para honrar a los difuntos es reconocer que efectivamente están muertos; para recordarlos. Y luego contarlos, contarlos bien, sin que falte ni uno; y ponerles nombre, pues cada uno de ellos tiene —ya lo dijimos— un valor infinito. Están los muertos por coronavirus, están los que no se sabe o se quiere saber si han muerto por coronavirus y están los que han muerto de otra cosa, pero también por culpa del coronavirus. A todo aquel que haya vivido en estos días la pérdida de un familiar o de un amigo tendrá que repugnarle como a mí el empeño del gobierno en olvidar no ya los nombres sino incluso el número de los muertos y erigirse en el salvador de un montón amontonado de los que quedamos vivos, a los que debemos acompañar en su sentimiento, no pedirle su agradecimiento.

Lo decente sería reconocer los hechos y los errores cometidos, la incompetencia tal vez, la falta de previsión o la ignorancia; es decir, los pecados humanos, siempre perdonables, en vez de empeñarse en el continuo zaherir el dolor acaecido, considerando a los ciudadanos atemorizados como idiotas a los que además hay que confundir para manejarlos como peleles. Uno puede estar dispuesto a perdonar los errores, si se reconocen como tales, pero ¿cómo podremos perdonar que se burlen de nosotros y de nuestros muertos, a los que nosotros queríamos ver todavía vivos?

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El explorador ruso Vladímir Arséniev junto a Dersú Uzalá. Fotografía de 1906. Autor desconocido. Dominio público. Fuente: Wikipedia. En estos días de confinamiento he vuelto a ver también Dersú Uzalá, la hermosa película de Kurosawa, que conocemos gracias a que Kurosawa fracasó en su intento de suicidio a raíz del fracaso de su película Dodes Kaden. La película se basa en las memorias escritas por Vladímir Arséniev —consideradas en Rusia como un clásico—, un capitán del ejército soviético que narra sus viajes de exploración por la cuenca del río Ussuri, un afluente del río Amur, en la frontera de la taiga siberiana con China. Ahí conoció a Dersú Uzalá, un cazador que sirvió como guía del grupo de expedición entre 1902 y 1907, salvándolos de morir de hambre y frío en varias ocasiones. «Cada vez que miro atrás y recuerdo el pasado —dice Arséniev en el prólogo de sus memorias—, ante mí aparece la figura del cazador del Alto Ussuri Dersú Uzalá, actualmente fallecido. La tristeza oprime mi corazón apenas rememoro su existencia y también la vida viajera que llevamos juntos». Dersú se queda ciego y el capitán lo lleva con él a vivir en su casa en Jabárovsk para cuidarlo. Pero Dersú, que sufre porque echa de menos su caza y su vida en el bosque, no puede soportar la vida sedentaria de la ciudad y acaba regresando. Y muere allí en el bosque, al parecer asesinado, según cuenta el propio Arséniev.

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